Arthur Rackham

Arthur Rackham

miércoles, 17 de mayo de 2017

Sobre literatura, narrativa y videojuegos

Ya está publicado mi nuevo artículo en la revista Walskium! A leer y compartir:


http://www.walskium.es/magazine/arte/los-nuevos-modos-de-narrar-vida-o-muerte-de-la-ficcion/

 

"Muchos nos encontramos envueltos en constantes incertidumbres existenciales. La que hoy me atañe y me revuelve la cabeza es, quizás, una nimiedad, pero creo que igualmente válida, sobre todo en este siglo en donde reina la tecnología, la cultura visual y el ordenador: me desvela la duda de no saber qué me gusta más, si la literatura o los videojuegos. Por supuesto, tengo mis propias respuestas, y es que ninguna opción supera a la otra porque ambas me generan experiencias similares y, a la vez, diferentes. Entonces llego a la conclusión de que mis tormentos no pasan por ese lado sino por el de las críticas: se suele tener a la literatura en un estrado, se la considera como de alta cultura, arte que condensa moral, enseñanzas para la vida, sabiduría y filosofía; y se suele menospreciar a otras artes mal llamadas menores, no tan recientes como generalmente se cree: me refiero a los cómics, las novelas gráficas y los videojuegos. Al fin y al cabo, ¿realmente la literatura sigue ocupando el mismo lugar que antes o… merece ocuparlo?"

miércoles, 22 de marzo de 2017

J.T. Leroy y los engaños de un escritor: mi nueva publicación en Walskium

Ya está publicado mi nuevo  artículo de arte y literatura en la revista Walskium!!! Sobre el engaño de J.T. Leroy y las máscaras de un escritor.

La historia detrás de J.T. Leroy puede considerarse única. Un engaño global en el que cayó todo el starsystem de la industria del entretenimiento cautivado por el morbo y el victimismo. ¿Estafa u obra maestra?
 A leer  y compartir!
http://www.walskium.es/magazine/arte/j-t-leroy-el-arte-de-enganarlos-a-todos/

jueves, 16 de febrero de 2017

El arte de estar locos : publicando en la revista Walskium

Acabo de publicar un artículo en la revista Walskium:  "El arte de estar locos"
Muchas gracias colegas!!   

Todo parece estar dicho, todo parece estar creado; mundo monótono, aburrido, que nos toca vivir como si fuera nuevo. No creamos nada, no sabemos nada. Pero, en medio de todo este gris, surgieron –y por suerte siguen surgiendo- personas que imaginan y expresan sus inquietudes con pura grandeza. Y no es que tengan poderes sobrehumanos, tampoco nos engañan las categorías del artista como un genio creador y hombre excepcional que se eleva sobre el resto. Nada de eso.

 A leer y compartir :D

http://www.walskium.es/magazine/musica/el-arte-de-estar-locos/

jueves, 14 de julio de 2016

Microrrelato: "Un instante"


         

 Microrrelato:  "Un instante"

           "5am y no puedo dormir, escucho clock-clocks al lado de mi cama. Me doy vuelta, abro los ojos resecos y legañosos, no veo nada. 5am y despierta, escucho toc-tocs en la puerta, es mi gato mojado por la lluvia de la noche que viene a despertarme y ¡pobre! no sabe que desde que me acosté no pude pegar un ojo. Algo me está trastornando desde ayer, desde que abrí la heladera para comer un pedazo de carne o un pedazo de pan, o una lata de tomate, algo para llenar el vacío de mi estómago que hacía cruj-crujs y no me dejaba escribir tranquila, algo para llenar el vacío mental y matar el aburrimiento, excusas para no escribir y decir “hoy no tengo inspiración”. La heladera estaba vacía como yo, ahí dentro sólo había viento y frío y me lo contagió a mí, yo no volví a ser la misma y cuando me quise acostar para olvidarme del hambre y la sed y las ganas de escribir descubrí que mis pies se salían de la sábana pero no me importó, ya me había acomodado y envuelto en tres o cuatro frazadas sofocando el fuego frío que (f)rostizaba mi cuerpo desde que abrí la heladera y la encontré vacía, ya lo dije. 5am, todavía 5am, acá, en este instante que freno, tomo y exploro, amasándolo como cuando uno come chicle y comienza a estirarlo desde una puntita hacia fuera, volviéndolo apenas un hilo rosa con mucha saliva y frágil, muy frágil como  el tiempo o una copa de cristal o un hilo de Aracne. 5am, el tiempo se congela como yo cuando abrí la heladera y estaba vacía, mientras mi cabeza y estas líneas siguen fluyendo mental o “literaturamente”. Mis dientes deletrean cada palabra, escupen, vomitan, arrojan chorros y chorros de maldiciones y estupideces al pobre gato ahí parado que poco entiende mi enojo y mis ganas de no levantarme, miro al verdadero reloj, los rayos de sol en la ventana, y sé que son más de las 5am; deben ser las 10am y yo ya perdí toda la mañana, el desayuno, el agua caliente, el subte, el examen, el almuerzo en la facultad, el subte de vuelta, la vuelta. El gato se ríe, puto que sos y no me avisaste, si sabías que el reloj tenía que sonar a las ¡5am! Sonó, sí, pero estaba atrasado como yo, que siempre olvido la hora por el frío y el hambre y los desvaríos mentales que surgen mientras me despierto, ¡yo! que siempre olvido todo por esta vida tan “nihil” o “beat”. Puta, perdí tiempo, oro, dinero, materia, cuentas, comida, y mi promedio por un 1, o un 0 si me consideran ausente. Salí gato, no quiero saber más nada, salí y dejame dormir.”

domingo, 8 de noviembre de 2015

Cuento Corto: "La marcha nocturna"



La marcha nocturna

Por y para Steinlen

El gato dormía; no tenía sueño pero lo hacía igual, obligado por esa inercia que tienen los animales que es dormir. Auto-obligado –pero no sin gusto- el gato respiraba profundamente, los pelos de la barriga se movían hacia arriba y hacia abajo como pequeñas olas mientras él se sumergía en los sueños, esas cavernas profundas de la mente que no sólo los hombres saben esconder.
Dalí y Carrington se hubiesen asombrado de aquellas tierras que recorría, hubiesen –y esto seguro- conseguido muchas ideas extrañas y seres amorfos para sus pinturas. Pero no, sus sueños se acercaban más a Steinlen, sobre todo aquella marcha nocturna que emprendía por las calles de una anónima ciudad.
Rondaba entre los recovecos de los edificios, de pared en pared y de techo en techo, un salto y ¡allí vamos! Daba vueltas sin rumbo, seguido sólo por el susurro del viento y cada tanto por alguna hoja remolona barrida a su paso. Dónde estaba la gente, pensaba. Dónde los pasos y los ruidos. Tranquilo y deslizándose por una callecita estrecha, jugaba al detective, a buscar secretas huellas sobre los adoquines, un aroma a pancito en el aire, una gatita con quien jugar. Pero no había trazas ni marcas en la ciudad, ni siquiera un hilo de lana como los que había siempre en casa para seguirlo, conduciendo a la última pista del imaginado delito. Estaba solo, la ciudad era un desierto.
Continuó entonces su marcha azarosa. Y dónde están las ratas, preguntaba, y dónde las palomas y esos perros idiotas, y dónde… ¡pero cierto! Miró al cielo, con su capa negra y ese ovillo gigante, blanco y brillante: la luna imponiéndole su majestuosa inmensidad a un ser tan chiquito. ¡Era de noche! Qué buen detective, siempre tan inteligente; se felicitó por esto lamiéndose las patas y la cara. Ahora se dedicó simplemente a pasear, sin ocurrírsele ninguna otra búsqueda, sin tener otra preocupación. Saltó a un techo bajo y luego siguió como en una escalera subiendo a otros edificios más altos; desde allí veía la ciudad con sus luces pero apagada, melancólica. El silencio no mentía… y al gato le gustaban los miles de puntitos en el cielo, los miles de árboles a medio caer, las tejas oscuras, la luna sobre las veredas viejas, sobre el horizonte…
Enredado entre esas hermosas imágenes, sintió una vibración con la oreja izquierda, una extraña melodía y tanto fue el temblor que se dobló e impulsó hacía adelante, cayendo con las patas delanteras sobre el tejado de un viejo almacén. Dónde… allí, en la calle…. No, no esa, la otra… sí…. ¡Allí! Calle abajo, sus ojos no le engañaban, había una marea moviéndose, un río peludo y de diferentes colores, una fiesta. Miles y miles de gatos avanzaban calle abajo, hacia las afueras de la ciudad. Una cantidad increíble, nunca había visto a tantos; llenaban las veredas, apenas podían avanzar agolpándose y pisoteándose las patitas. Maullaban y articulaban sonidos variados en canciones y melodías pegadizas. El gato seguía en el tejado absorto, quería acompañarlos y sin saber hacia dónde se dirigían se sumó a la marcha nocturna bajo la luz de la luna. Era un éxodo, vamos, vamos hacia otro lugar… allí en el horizonte.
Qué extraño, a dónde iremos, preguntaba el gato. Algunos lo miraban y seguían la caminata, otros le daban un leve empujoncito o un roce con la cola. Enredado en las melodías maravillosas oyó que se dirigían al monte donde todo era eterno, al monte donde los gatos danzaban y se despojaban de sus vestidos y modales… al Monte Kotka.
 Miró hacia el horizonte y justo donde la luna amenazaba unirse con la Tierra, justo en ese punto había un monte, con una torre en la cima. Era gigante, parecía un castillo con una punta menada y en forma de… ¿gato? No podía definirlo, había mucha oscuridad… ya dejaban atrás a la ciudad, las últimas casas, el asfalto y los últimos adoquines. Monte Kotka, donde no hay fronteras, le decían algunos al pasar; donde no hay límites sino puro juego. Las paredes son de lana, hay botas, tules, plumas y pescados, colores y burbujas en los cielos. Realmente la marcha valía la pena…  Si antes estaba inseguro ahora no temía. Incluso comenzó a cantar, pues ¡por un asilo la marcha vale siempre la pena!
El mar estaba lleno de manchas color café, anaranjado, negro, beige, los pelos y las colas proyectaban extrañas sombras, la luna las agrandaba, las movía de aquí para allá… Todo era una sinfonía cósmica y maravillosa. Alcanzarían el monte, serían felices y…
-Carámbano, Carámbano.
Serían felices y podrían….
-Carámbano, vení.
Podrían hablar sin preocuparse por los otros, iban a…
-Carámbano.
Vivir para siempre...
-Carámbano, vení inmediatamente, vení que el agua…
El gato abrió los ojos enseguida, se tiró para atrás asustado. Había sido arrancado del mundo, de una caminata hermosa y ahora…
-Vení amorcito, no seas así.
Una cosa gorda y fea con un vestido rosa y chillón lo agarró de la panza. El gato tironeó y maullando repetía ¡Monte Kotka! ¡Monte Kotka!
-¡A ver Carámbano! –la cosa gorda y humana se enojó-. Vamos a bañarnos, y punto.
El gato la miró con sus dos líneas ovaladas y voraces.
Y cómo no iba a protestar, cómo no iba a arañarle, a cortarle la cara y huir, si lo habían sacado de sus sueños, estúpidos humanos, si había alcanzado el Edén gatuno. 

Theodofile Steinlen - "The Apoteosis of the Cats"

jueves, 22 de octubre de 2015

Cuento para Halloween: "Winterfyllep"

 Cuento corto mío, para estos tiempos de Halloween que nos regala Octubre. Pueden leerlo también desde esta plataforma:
http://www.liibook.com/leer-23225_winterfyllep.html



Winterfyllep

1
Sobrevenía el ajetreo cargado de pisadas pequeñas, de telas desgarradas por tijeras voraces y apuradas por terminar y tener listo un disfraz para la noche... esa noche en la que todos, sin excepción, tienen que tener disfraz. Winterfyllep por supuesto era la excepción. Pero ¿cómo iba a tener uno si ya era una bruja? Ah bueno, pero ella quería uno, quería ser como todos los niños, quería tener la misma oportunidad que posee el resto de los mortales; quería gozar del placer de ser otra cosa por una sola noche.
Y mientras, miraba por la ventana como todos los años, así aplastada contra el vidrio y observando las casas entre los árboles anaranjados, las calabazas y las guirnaldas de fantasmas colgadas  por todas las calles del vecindario. Su reflejo se mezclaba con ese mundo de niños correteando y dulces al que tanto quería pertenecer. Pero claro, siempre le decían que no podía.
Todos los años ocurría lo mismo. Cuando empezaba octubre una especie de fuego se encendía muy dentro suyo y comenzaba a ilusionarse, a planear el vestido, el recorrido de timbres, las palabras y los trucos; incluso saboreaba los caramelos y malvaviscos que le entregarían maravillados por su grandioso disfraz. Solía espiar las casas para ver cómo hasta ellas se transformaban en chozas y moradas de terror. A hurtadillas se balanceaba sobre los marcos de las ventanas y observaba a los niños o a sus compañeros de colegio, y enumeraba los objetos que le hacían falta: cintas de color rojo y negro, sombreros en cono, dentaduras y uñas postizas, tules violetas, cartones, elásticos y papeles brillosos, muñecos viscosos, una túnica arrugada... ¡tan larga era la lista! Pero ella observaba sus sonrisas, sus dientes picados y sus manos temblorosas y llenas de ansiedad. Porque cuando empezaba octubre se sentía en el aire ese olorcito especial del otoño y la noche, mezclado con el azúcar y las calabazas ahuecadas. Y a ella le gustaba tanto, y sin embargo no podía participar.
-¿Por qué? -se preguntaba Winterfyllep, ahora ante la ventana. Un pajarito se posó del otro lado, parecía llevar a modo de burla una túnica llena de plumas negras-. Hasta él... ¿por qué? Yo también quiero disfrutar.
Miró a la calle, en donde se arremolinaban unas hojas secas y chamuscadas después de varios meses de vida.
-Yo también... Voy a disfrazarme. ¡Sí! Este año será diferente, ¡yo también seré parte de Halloween!
Dio un pequeño saltito, se acomodó sus cabellos negros de una forma tenebrosa y haciendo una mueca asustó al pajarito que salió volando y se perdió entre las ramas de un árbol lejano.
-¡SI!
Ni bien se dio la vuelta feliz tropezó con unas botas brillantes y oscuras.
-Winterfyllep.
Temblorosamente se levantó y se apoyó contra la pared de madera ya podrida y desvencijada.
-¿Ssssi... –dijo- ... mamá?
La mujer de nariz prominente y dientes podridos como las tablas de madera se acercó un poco y levantó su dedo.
-Winterfyllep, ¿qué decías?
Ella no se lo tragó como otros años, aunque sabía...
-¡Decía que este año será diferente! Voy a disfrazarme y salir... ¡Salir!
La madre la miró extrañada, arqueando una ceja.
-Hija... no necesitás un disfraz, no necesitás salir y ser parte de esos juegos de niños, de ese mundo que no te pertenece.
-Pero...
-Ya hablamos sobre esto. Hay que... estar ocultos. Las brujas no se disfrazan, ya no deben llamar la atención. Las brujas como vos y como yo deben mantenerse calladas, dedicarse a la casa, no salir a la noche... y menos una noche como esa de la que hablas y ansías.
Winterfyllep no se quedó callada esta vez y se animó a preguntar.
-¿Por qué?
Aún más extrañada, la bruja mayor inquirió con voz grave y rasposa:
-Hay cosas que no deben ser preguntadas y ni siquiera respondidas. Winterfyllep, Halloween ya no es para nosotras.
-¡¿”Noche de Brujas” ya no es para las brujas?! –le gritó, enojada pero llena de terror; sabía lo que le esperaba...-.

2
Pasó todo el día en su cama, dolorida por el retorcijón de tripas y huesos. A la noche no pudo dormir; su madre tenía fuerza, pero no era eso sino otra cosa lo que le preocupaba. Ay, Winterfyllep, ¿qué podía hacer? Algo, algo... sí, pero ¿qué? Una semana, faltaba una semana.
-¿Qué hago intentando dormir cuando no tengo sueño? ¿Qué hago perdiendo tiempo?
Se deslizó por la ventana sin hacer ruido, como un gato o una cortina que se mueve entre brisas. Aterrizó con los pies en medias sobre un montón de arbustos chamuscados. Con una sonrisita picaresca se animó a la ciudad dormida y arrullada por los vientos nocturnos y el barrido de las hojas en los aires, ese sonido tan particular y delicioso que trae el otoño.
Winterfyllep caminaba entre los jardines de las casas, admirándose por cada rostro impreso en las calabazas, recorriendo con sus dedos los huesos de esqueletos colgados de los árboles y envolviéndose entre sábanas agujereadas y gusanos de papel. Si sólo esa noche fuera Halloween ya estaría viviéndola. Pero no había nadie en las calles del vecindario, no había risas ni caramelos aplastados en las veredas, ni siquiera las lucecitas estaban prendidas; no, no era Halloween todavía.
Merodeó una media hora y sintió ganas de volver. Su pelo se había erizado de repente, el aire se había vuelto más espeso y la luna a medio crecer afectaba su cuerpo... algo había en la noche que hacía a Winterfyllep sentirse rara. <<La noche dejó de pertenecernos...>> pensó. Un gato anaranjado y flacucho se le cruzó por el camino; ella se asustó tanto que fue una buena excusa para volver.

3
-¿Qué harán ustedes?
-Yo voy a salir y apostaré diez chupetines al mejor monstruo –arriesgó el alto.
-¡Yo daré cincuenta! –gritó uno.
-Sí, claro. ¿Y de dónde pensás sacar tantos?
-Ah, ¡pero si yo voy a tener el mejor disfraz! –acotó la niña de ricitos.
-Sssssí…. El de princesa no cuenta esta vez –le contestaron.
-Ni el de señor ahorcado –replicó ella.
-Tengo uno mejor –protestó el gordinflón.
-¿Y vos, qué vas a hacer? ¿De qué te vas a disfrazar?
Winterfyllep andaba distraída cuando notó que todos los compañeros de su curso estaban mirándola. Arqueó las cejas sorprendida y alzó un dedo señalándose a sí misma a modo de pregunta.
 -Sí, vos, la del nombre raro y demasiado largo.
Todavía extrañada respondió
-Ehh… -pensó unos minutos y miró hacia los costados, tratando de escaparle a esas miradas inquietas y brillantes, demasiado chillonas. Intentó esquivar esos rostros de niños agresivos, inquisidores e insoportables- ehh…
Ellos se impacientaron; tamborileaban los dedos sobre sus bancos, algunos resoplaron con fuerza. Cuándo no, la niña de ricitos interrumpió; intentó imitarla muy mal con una vocecita aún más insoportable.
-Winterfyllep, se llama así. Y, ¡oh! Adivino, “no voy a estar este Halloween”. ¿No es cierto?
-No. Eh, quiero decir que… yo no tengo disfraz.
-Ah, ¿no tenés? –dijo el gordinflón escupiendo un poco de galleta sobre su ropa- Creo que no necesitás uno, Wintilypipet.
-Sí –otra niña con un moño rosa muy ridículo se levantó y la acusó, aunque los mocos colgando la desautorizaban un poco- ¡no necesitás uno porque ya sos fea y maloliente! Ya das miedo con tu pelo negro sucio y tu cara pálida.
Parecían como si estuvieran en un escenario de la inquisición pero, claro, Winterfyllep de esto no sabía; sólo se limitó a entrecerrar los ojos y a maldecirlos con fórmulas inventadas y palabrerías estúpidas. Tampoco sabía ser verdadera bruja.
Después de un rato volvió a reinar el griterío en el aula, y su figura se perdió entre todos los demás, como siempre.

4         
<<Si supieran, si supieran>> se repitió todo el camino a casa, mientras pateaba con rabia y fuerza las calabazas de casas anónimas, destruyendo esos rostros agujereados y naranjas que parecían reírse de su ridícula condena y exilio. <<Noche de Brujas sin brujas, destierro eterno, olvido citadino>>. Esas frases enigmáticas que solía repetir su madre ahora le surgían de la boca, como llamas ardientes quemando todo a su paso. Quería hacerlo, quemar todo y volar alto, muy alto… como las brujas lo hacían; y sin embargo no sabía cómo, no era bruja. Tal vez por eso Halloween…
¡Pero qué tiene de malo un disfraz! ¡Una máscara de cartón con un poco de pintalabios y unos parches en la camisa! ¿Tan imposible?
-¡Tan imposible!
Gritó en voz muy alta y aplastó una calabaza gorda contra el árbol más cercano. Algo salió corriendo para un costado y un segundo después la rodeó con un movimiento de pelos anaranjados y patas huesudas. Le pareció que movía las comisuras de los labios, no maullando sino hablando… sí, articulaba palabras.
 -¿Qué hacés destruyendo mis niños? –le dijo.
Winterfyllep tragó saliva con fuerza. Quería correr; era el mismo gato que se cruzó la otra noche.
Él se acercó y ella dio un paso hacia atrás, trastabillando y cayendo de espaldas contra el pasto seco.
-¡Mis calabazas! ¡Mis rostros!
Echastrada en puré de calabaza y tierra intentó incorporarse, pero se asustó al ver bien al gato; flaco, era muy flaco y con pelo rojizo, parecía un pequeño espantapájaros. Giró sobre su cabeza para planear un posible escape. ¿Dónde estaba? Las casas habían quedado muy atrás, ahora sólo se distinguían unos cuantos árboles que se retorcían sobre ella y los campos de hojas secas con calabazas, muchas calabazas y todas distintas.
-Y la pregunta principal: ¿qué hacés que no estás preparando tu disfraz, niña? –el felino se acercó y se sentó frente a ella. Tendría que cooperar-.
-Es que… yo no tengo disfraz.
-¿Eh?
-Es que… ¡yo no necesito uno!
-¡Eh! ¿Quién no necesita un disfraz?
-Es que... ¡yo soy fea y sucia y ya doy miedo!
El gato suspiró y con su patita movió ligeramente a Winterfyllep; le indicó un charco de agua.
-Mentira niña, mírate en el espejo. Sos bella y hermosa las brujas. Todos pueden usar disfraz. Todos lo hacen, pues todos pueden festejar Halloween.
Ella lo miró; parecía ser de confianza, sí, se lo diría.
-¡Gato! Yo soy una bruja y no puedo salir en una Noche de Brujas.
El bicho peludo elevó suavemente la cabeza, asentía.
-Lo sé, niña. Lo sé. Pero hay algo que vos no, o a caso... ¿sabés que la travesura es parte de la noche en que todo se invierte y sigue otras lógicas? Vos también podés seguir esas nuevas reglas que surgen en tan deliciosa noche. Como yo
-¿Puedo… puedo pertenecer a ese mundo?
-Así es –dijo el gato moviendo la cabeza de arriba abajo-. Si no, abrí los libros que están en tu sótano. Descubrí el porqué de tu nombre. ¡Vamos! Que queda poco tiempo, sólo tres días.
Ella se levantó sacudiéndose la falda.
-Vete a tu casa y prepárate un disfraz. Y dale uno a tu casa también, que es una vergüenza estar tan desnuda. ¡Vamos! Agarrá las tijeras, las tiras y flecos de papel y ponte a trabajar. Nunca se es niño si no se es primero travieso.
Ella se dio la vuelta y se encontró nuevamente en el vecindario. Podría haber pensado que todo fue un estúpido sueño, pero el viento entre las ramas le devolvieron un eco gatuno y hasta algo humano.
-¡Vamos! Que queda poco tiempo… y la próxima vez no me llames “gato” sino Jack.
Podría haber pensado que todo era ilusión. Pero Halloween era la madre de las ilusiones y las fantasías, así que decidió creer... y también dejarse llevar por esos aromas que recorrían la ciudad en esos días; dejarse arrastrar, como las hojas, por esas lógicas nuevas que crean sólo las fiestas y los juegos de niños.

5
La puerta del sótano siempre estaba cerrada y tapeada con unas maderas roñosas, sólo dejaba escapar por debajo un extraño brillo verdoso. Siempre debía estar cerrada. Pero bien sabía Winterfyllep que la travesura era parte de Halloween y los caprichos de su madre no funcionarían en esos días, no para ella. Por eso no le importó sacar los tablones y girar suavemente el picaporte; la puerta se abrió lanzando un chirrido como las ancianas y dejó descubierta una larga y oscura escalera. Bajó con una vela escalón tras escalón; una sonrisita pícara le recorría el rostro que también escondía el miedo.
Cuando llegó a la sala propiamente dicha, se encontró rodeada de estanterías llenas de libros y con una mesa en el centro; sobre ella había papeles y extraños utensilios de madera y metal. Más allá, una mesita redonda estaba cubierta de frascos y botellas colmadas con líquidos de diversos colores.
-Hmm… bueno, no encontraré telas pero sí maquillaje.
 Se puso manos a la obra y comenzó a revolver todos los estantes buscando algo llamativo. Sobre la mesa del centro, un libro le atrajo particularmente: unos garabatos en la tapa y el interior dibujaban árboles, hojas secas y gatos en arabescos. El título escrito en letras góticas decía “El libro de Samhuinn”. Lo abrió y sintió un débil temblor en las manos; leyó cada párrafo con una velocidad demoníaca… este manuscrito hablaba sobre Halloween, sobre su historia y también sobre ella, Winterfyllep.
“-Samhuinn es el fin del verano. La noche de los espíritus donde las leyes mundanas del tiempo y del espacio quedan temporalmente suspendidas –leía en voz alta-. Wintirfyllip era Samhuinn para los antiguos anglosajones y marcaba el comienzo del invierno, puesto que dividían el año sólo en dos temporadas. Wintirfyllip era la unión de la palabra “invierno” con “luna llena” y significa Octubre.”
<<Winterfyllep es octubre>>  se repetía mientras veía esas imágenes de mujeres castigadas por otros, acusadas y torturadas por seguir otro tipo de lógica. Paseó sus dedos por grimorios y libros de fórmulas y fórmulas, recordando palabras mágicas y poderes antiguos. Recordó, recordó, pensó y pensó... extasiada entre todos esos secretos y esa premisa: Winterfyllep es octubre.
 -¿Llevo el mes en mi nombre y no puedo ser parte de él? Soy Octubre, ¡soy un monstruo!, pero los monstruos también pueden existir... aunque ya no lo hagan, aunque ya no se paseen por las calles de la ciudad moderna. ¡Soy una bruja! Y Octubre y la Noche de Brujas me pertenecen. Ellos, ellos –dijo señalando a las figuras humanas vestidas con cruces y estacas- me lo arrebatan, me prohíben festejar y disfrutar de lo que para mí fue hecho.
Se detuvo en una imagen de varias niñas con caras de miedo ante una figura feroz, algunas con rizos, otras llevaban moños y vestidos ridículos... pensó en algo.
-¿Papeles y cartón? ¿Y por qué, Jack, no aspirar alto y ser un poquito más traviesa, un poco más... ambiciosa?
Se abalanzó sobre las pócimas y los frascos con líquidos viscosos. Ay, la ambición; quería ganarse todas las apuestas.
-No sólo.... Ssssí, no sólo disfraz, también acompañantes, rostros, seres monstruosos. Todos, todos volverán, sssí... ellos, ellos.
Estaba desenfrenada, poseída; recitaba fórmulas y fórmulas, quería que todos los desterrados volvieran a la ciudad en esa noche en la que la barrera entre lo mágico y lo terrenal se desvanece. Quería volver a sorprender y a asustar como sus antepasados habían sabido.

6
-¿Es aquí? –dijo la niña con ricitos bajo una corona dorada y con brillantes. Se alisó un poco el vestido y miró la hora-. Vayamos a otra casa, esta no va a abrir.
Una ventana se golpeaba en el piso de arriba; las luces de miles de calabazas colgaban por todas las paredes de madera vieja y podrida. Un ligero temblor recorrió los rizos de la niña.
-No va a abrir –repitió.
-¡Es esta casa! –dijo el gordinflón con caramelo pegado en sus dientes- la más decorada del vecindario. Dijeron que iba a estar repartiendo caramelos, ¡muchos caramelos!
La otra niña con moño y trenzas se rascó la nariz de payaso. Miró su bolsita de cráneo y notó lo vacía que estaba.
-Vamos entonces, golpeemos una vez más la puerta. Yo también quiero chocolates.
Extendió su brazo rayado hacia la puerta de madera y antes de golpearla se abrió unos centímetros, rechinando y dejando al descubierto un fondo oscuro y frío. Una cara familiar apareció en el umbral.
-¿Winterfyllep? –dijo la de ricitos. Se rió un poco dando un respingo ante esos ojos violetas que la miraban de arriba abajo, desde la oscuridad.
-¡Dulce o truco! –grito el gordinflón, arrojando su bolsa y esperando verla llena. Se impacientó- ¡Vamos! Llename de caramelos, fea. Que la noche es corta.
-Sí, yo quiero chocolates.
La de ricitos no dijo nada. Sentía algo raro en su rostro, en sus ojos... Sabía que nunca deberían haberla molestado.

7
Las calles se habían inundado de pequeños dráculas y frankensteins, de jinetes sin cabeza, piratas y linyeras; antiguos caballeros peleaban con espadas ya no por una damisela sino por el elixir infantil del azúcar, por ver llenas sus calabazas como santos griales. Había magos y hechiceros que jugueteaban con sus varitas y sus escobas, espantando a los niñas y subiéndose a los árboles; ellas los corrían con sábanas de colores, peinados de ancianas, dientes puntiagudos y garras peludas; juglares y saltimbanquis cantaban y recorrían las casas, tocando timbres, cantando y gritando: ¡Dulce o truco! ¡Dulce o truco!  La fantasía se entremezclaba con esos aires otoñales, lo real y lo irreal se confundían en esos rituales y juegos que sólo los niños comprendían, mientras los adultos se dejaban llevar; sacaban tarros llenos de golosinas y las catapultaban hacia los jardines, echaban cientos adentro de cada bolsita sin excepciones. Esa noche... esa noche las sensaciones fuertes se hacían eco, el mundo volvía a vivir.
La luna llena estaba expectante y las nubes corrían en lo alto a una velocidad inusitada; espesas, de a ratos cubrían los cielos y dejaban a la ciudad sólo iluminado por lucecitas anaranjadas y titilantes. Sin temor, por primera vez ella paseaba por las calles nocturnas; los vientos y las hojas crujientes se arremolinaban bajo sus pies. Se acomodó un poco las túnicas y atravesó los senderos de tierra, conducida por esas luces llamativas y esas risas golosas. Arrastrando los pies, se dirigió hacia ellas.
Los niños no la vieron venir. Estaban distraídos con sus juegos y sus bolsas cuando comenzaron a escuchar una tenue y extraña canción; se sentía un leve murmullo entre las ramas de los árboles, acompañado de diferentes sonidos sin poder adivinar su procedencia. Un frío recorrió el vecindario en ese momento, luego se haría eco por toda la ciudad.
Un niño vestido de granjero apartó su sombrero de la cara y con gran esfuerzo reconoció en la oscuridad un rostro familiar, esa figura que venía hacia ellos.
-Es... Harry –suspiró aliviado.
-No... –dijo otro con bigotes-, Harry no es tan flaco.
-Es Mavel –arriesgó uno a través de sus anteojos.
-No, ella tiene ricitos.
-Es... ¿Lucy?
-No, nunca saldría sin su moño.
Tragaron sonoramente sus caramelos, con esfuerzo a causa del temor; esa figura arrastraba los pies y se acercaba hacia ellos. Vieron que no estaba sola, otras sombras se deslizaban entre las casas y los árboles produciendo extraños sonidos como si tuvieran boca y... baba, mucha baba escurriendo de sus largos dientes.
-¿Es... Winterfy...
-No. Su rostro... su rostro confunde, pero es... ¡Es todos ellos!
Levantaron sus lámparas de calabaza e iluminaron las sombras. Nunca habían visto a un ser tan horrible, a un rostro tan deforme como el de aquella figura. Winterfyllep esta vez había fabricado un buen disfraz.
Ni siquiera tuvo que moverse para asustarlos. Salieron corriendo y dejaron todos sus caramelos desparramados, sin importarles nada más que sus propias vidas.
-Parece que gané las apuestas.
¡Pero claro! Los humanos se disfrazan de monstruos y estos… de humanos. Pobre Harry y Mavel y Lucy... les dedicaría esa máscara de piel y ojos y bocas mal cosidas, les dedicaría este Halloween, el suyo, y con amor. Extendió los brazos hacia el cielo, hacia la luna llena, y gritando ¡¡Feliz Halloween!! dio comienzo a la verdadera fiesta de seres y monstruos, al crepitar de garras y lenguas, a las fantasías e irrealidades por la ciudad. Winterfyllep rió, rió y rió con esa risa inferna que tienen las brujas. Por fin, ahora sí sería un verdadero Halloween.


 


 
Fin
19-10-15 //  Melissa Cammilleri